¿Qué se plantea una terapéutica hoy?

 

¿Podemos seguir hablando de una cura o es solo un concepto de viejos agenciamientos que van entrando en su decadencia?

¿Pero hay tal decadencia de estos agenciamientos de poder, que refuerzan su apuesta como último manotazo de ahogado? o ¿en realidad se estan entronizando comodamente, frente a una sociedad que va perdiendo su accionar y pensar crítico?

Evidentemente son innumerables las preguntas que hoy debemos formularnos como terapéutas. Fueron otras, sin lugar a dudas, las que se hicieron al comenzar el siglo XX: Freud, Bergson, Jung, y tantos otros.

El mundo ha devenido otra cosa, muchas veces a pesar suyo. Pero es desde esta realidad que nos convoca, que nuestras ideas deben abrirse a nuevas configuraciones.Contaminarse, mezclarse, metamorfosearse para operar sobre una forma de expresión cada vez más discriminatoria de las diferencias; con mecanismos que instalan el juego binario de sometedores y sometidos a escala macrosocial, hasta invadir el campo de las relaciones más intimas. Un juego que reproduce el maltrato en todos los flujos, segmentándolos, endureciendolos, aún en las manifestaciones más personales: la pareja, los hijos, los hermanos, la familia.

Agenciamientos, que Deleuze y Guattari llaman de significancia o despóticos y de subjetivación o autoritarios, nos ofrecen una realidad sin salida. encerrandonos en sobrecodificaciones y sobreestratificaciones fijas. De este modo el pensamiento, la acción y las sensaciones quedan capturadas en una coartada, en donde el hombre da por natural el conflicto como modo de vida, que “convierte a las verdades en arbitrarias y abstractas que hace del pensar el mero juego de lo convencional “( Morey) y lo imposible de modificar.

Hoy el hombre no acude a la consulta para preguntarse por el sentido de su existencia, sino para encontrar su derecho a existir. Existir fuera de la alternativa de los opuestos, existir en las bifurcaciones de lo inesperado, en donde el azar unido a la determinación de la necesidad, le permita ofrecerse a lo inédito y lo posible.

Y decir “lo posible” es hablar de devenir, de repetición con diferencia, de intensidades libres puestas en juego, de ciertos entramados sociales que no obstaculicen el movimiento.

Poder abandonar las identidades cerradas y estructuradas, para recuperar la fuerza de los signos libres de codificaciones que no se atan a logros prefijados, sino que por el contrario liberan a la vida de certezas que se venden como verdades absolutas.

¿Cuál es el riesgo de no pensar en terminos de estructura? Se destruyen los puntos de invariancia, el pensamiento admite perderse, los centros de sentido se desplazan permanentemente y nos vemos obligados a escuchar libres de codificaciones impuestas. Debemos estar allí, presentes, sin conceptos prefijados de donde agarrarnos. Terapéuta y paciente lanzados a la misma pasividad del habla, el relato se transforma en un diagrama de intensidades y sentidos múltiples, nunca acabados.No hay que llegar a ninguna comprobación, por el contrario dejar que los modos de expresión instalados se contradigan en sus verdades, romper el movimiento de los significantes que operan por exclusión.Independizar las ideas de significaciones adheridas a enunciados despóticos, que intentan encerrarnos en generalidades que descalifican nuestro poder de experimentar.

Esto nos permite sabernos vulnerables, expuestos a grietas que en su fuga nos fuerzan a actuar con precaución para evitar desestratificaciones salvajes, mantener el minimo de plano de organización necesario, y así desprender al deseo de sus propios aniquiladores.

El hombre quiere vivir, y quien quiere dice Nietzsche es la “voluntad de poder”. Una voluntad que afirma la vida como único destino, para lo cual es necesario desbaratar los rostros sociales que nos condenan a repetirnos en lo Mismo.

Nos falta producir un plano de consistencia o inmanencia (Deleuze-Guattari), un plano de intensidades libres, de deseo, que se enfrente a la prepotencia de las significaciones cerradas.

¿Consistirá en esto una clínica del siglo XXI?

Por eso una Clínica del Acontecimiento propone habilitar intensidades de afectación, generadoras en la producción de deseo de nuevas lecturas en el contrato con el mundo; en lugar de atarse al campo de las representaciones coletivas o individuales.

¿Porqué abrir el camino hacia el acontecimiento? El acontecimiento libera a la vida allí donde está cautiva, recupera todo aquello que no se agota en la efectuación de los hechos. Es necesario construir una mirada de sobrevuelo, rasante a la superficie de los estado de cosa, para que las circunstancias devengan una superficie de efectos, y algo acontezca por fuera de las causalidades de los cuerpos. Movernos en la lógica del sentido, como lo llama Deleuze.

Transversalizar el lenguaje para abrirlo a nuevos sentidos.

¿La “cura” pasará por habilitar nuevos agenciamientos y quebrar formas de expresión o semióticas que se nos ofrecen como las únicas alternativas?

¿Habrá que emancipar las palabras, las ideas y los gestos para incluirse en un hablar más creativo?

¿Deberemos pensar una clínica metamorfoseada con la estética como potencia creadora,más que con la conceptualización cientifica y programática?

Una terapéutica que diagrame, o sea, que conecte deseos, conjuge flujos y logre un continuum de intensidades.

¿Pero de qué modo?

Entre la multiplicidad de caminos que se nos presentan, hay algunas ideas que hacen resonancia en nosotros. Dice Nietzsche que “allí donde gobiernan las fuerzas reactivas se construyen ficciones”.

A estas ficciones reactivas del socius A. Zambrini las ha llamado “personajes míticos”, que desapropian al mito de su potencia y construyen simulacros mitificadores, que convierten al hombre en un personaje de ficción que se le pega a la piel, perdiendo la distancia del actor que se sabe una singularidad.Singularidades tomadas y detenidas en identidades masificadoras que responden a representaciones colectivas.

Este ejercito de mitificadores deambulan por el mundo, teniendo por única diferencia las particularidades socio-culturales del entorno. Agenciamientos generalizadores, globalizadores de cabezas y de cuerpos, para los cuales toda heterogeneidad es una amenaza a sus puntos fijos, puntos de subjetivación que legitiman determinado modo de relación con el mundo.

Toda una política, pero… ¿la clínica no es una política?… Todo es política claman Deleuze y Guattari.

Será por esto que proponen: “Experimentad, no interpreteis. Diagramad, no fantasmeis”.

Experimentar en un cuerpo a cuerpo terapéutico la manera más eficaz para recuperar la distancia entre el actor (complejidad singular de fuerzas) y el personaje (construcción ficcional del socius). Liberar al deseo de una subjetividad entrampada en un discurso monocorde, agobiada y sobreadaptada al dominio molar de las representaciones colectivas o individuales.

La diferencia no se establece entre lo social y lo individual, sino entre lo molar del plano de organización y el devenir molecular del deseo, del plano de inmanencia.

Recuperar la ingenuidad del deseo, que no responde a ninguna instancia externa, sino que es un proceso de producción de intensidades.Cuando este devenir está interrumpido se instala la enfermedad.

Destituir los personajes reactivos para brindar al deseo el acontecimiento, es nuestra propuesta clínica. Para ello es necesario individualizarlos, conocer sus mecanismos, sus modos de expresión, y operar sobre ellos a través de una distancia crítica entre actor y personaje, que ponga en crisis los valores y las creencias que los sostienen. Agenciar de otro modo.

Cuestionar aquellas enunciaciones colectivas que nos obligan a despojarnos de nuestras diferencias,para masificarnos en repeticiones discursivas que no pongan en duda los valores imperantes. Enunciaciones que nos quitan nuestro derecho a vivr esta singular alteridad de tiempo que somos, apropiarnos de nuestro quantum de poder y usar nuestras fuerzas libres para poder crear líneas de fuga, deviniendo otro en este quien que somos.

Abrir entonces una línea de fuga positiva para destituir ciertos regímenes de signos, marcar la diferencia, hacer de la vida un Acontecimiento, un campo a experimentar, y no un conflicto eternizado que sólo da más de lo Mismo.

Habilitar con sobriedad el infinito, el misterio. Aprender a errar en un devenir que es música vital si lo aperceptivo, lo asignificante y lo impersonal pueden abrazarse a la determinación de las circunstancias en un contrapunto que desbarata todo intento de conclusión definitiva. Es decir crear, querer el acontecimiento que como dice Deleuze “son como los cristales, no ocurren ni crecen sino por los bordes, sobre los bordes”, “son el sentido mismo de la vida”.

 

Fuente: Imagen Cristal

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: