La Alteridad

Por Lic. Adriana Zambrini

Si la alteridad la encerramos en la dualidad de un ego y alter-ego, convirtiendo a ambos en sujeto y objeto  de una relación que los reconoce distintos, reducimos la alteridad a los opuestos que se confirman en su identidad. Hace de cada uno de ellos una unidad, aunque precaria, que afirma su diferencia en la representación de una ausencia: el otro.

Ese espacio enrarecido que compone el entre-dos, se ve atravesado por una distancia que se llena de una sensación de imposibilidad e impotencia. El significante acude a llenar esa distancia, quedando claro que su presencia nunca alcanza. Así, yo y el otro, somos dos superficies imposibilitadas de encuentro, hasta devenir un significante más. El significante de la ausencia circula entre ambos, somos una falta en el otro, el otro es una falta en mí.

Esta falsa alteridad de círculos cerrados y enfrentados, solo puede vivir habitando un mundo de referentes y representantes. La diferencia asimilada al territorio de las formas y las representaciones, pierde su materialidad intensa y queda ligada al lenguaje y al recuerdo como movimientos diferenciantes.

Un mundo quieto, construido por un sin número de puntos fijos, donde el sujeto se ata con angustia para no perderse en el abismo de la ausencia, que es el otro. Todo falta al encuentro. El encuentro, que se da sólo en el registro de la expresión, de este modo es con la falta, la ausencia, la distancia; y se le exige alegría en su  reconocimiento.

Una propuesta cruel que deja al hombre sin cuerpo. El afecto se lo ata a la resignación al vacío, siendo así la angustia su representación más cabal. Podríamos pensar entonces, que la angustia, tan cara al hombre de la modernidad, expresa la soledad de un hombre construido en el aislamiento de una identidad, que vuelve sobre sí misma indefinidamente. Un mismo punto de vista, formulado y sostenido por la idea de falta y distancia, que insiste confirmándose a sí mismo. El círculo cerrado de yo y el otro como relación de opuestos irreconciliables. Toda una política.

El cuerpo, cuerpo de sensaciones, materia intensa del deseo, queda relegado a ser un testigo mudo de su propia mutilación. La expresión domina al contenido, y lo somete a las leyes del desencuentro.

Vamos componiendo una alteridad de egos opuestos y enfrentados a una soledad, que va perdiendo su capacidad de afectar y ser afectada. El cuerpo, lo que existe, debe someterse a las leyes de las formas de expresión de un pensamiento que busca confirmar lo mismo.

Cuerpos disciplinados y controlados por rutinas y normas, que reaseguran un pensamiento poblado de preguntas preestablecidas y opiniones certeras, que ofician de respuestas preformadas por una memoria universal que confirma la necesidad de aceptar lo dado como única alternativa. La experiencia de una subjetividad poderosa y única gobierna y diseña la realidad, alertando de los peligros que corren aquellos que se aventuran a experimentar y producir realidad.

De este modo lo real que es una usina de producción de intensidades, y la realidad, que es lo producido, rompen o interrumpen su alianza. Entre lo Real y la realidad se opera el primer movimiento de construcción de alteridad. Una alteridad que deshace los binarismos del lenguaje y la representación, ya que opera a nivel de los cuerpos intensos. Una alteridad que es producto de afectaciones múltiples, de una multiplicidad de diferencias, de virtuales, que no cesan de actualizarse produciendo realidad.

Una alteridad imposible de controlar, pues su motor y materia son las máquinas intensas del deseo, de lo real, que emite líneas de fuga incontrolables, y que a su vez en el encuentro con el mundo de las formas, se lentifican y modulan nuevas representaciones. De esta forma, la alteridad deviene un movimiento que liga lo Otro a lo mismo, impidiendo que el sujeto quede encerrado en un único punto de vista que vuelve obsesivamente sobre sí, separándolo del otro como flujo de afectaciones múltiples.

Sólo recomponiendo este movimiento que entrama al mundo de las realidades actuales con el plano de consistencias virtuales, de diferencias y de cuerpos intensos, nos abrimos al otro, no ya como alter- ego, como no- yo o como objeto; sino como mezcla y fuente inagotable de múltiples afectaciones.

El encuentro, que no es de sujetos y objetos, sino de fuerzas que se potencian mutuamente, no se da en el registro de las percepciones y pensamientos, sino que se activa en el registro de las sensaciones, del contenido, que de este modo hace mutar las percepciones, los pensamientos y las acciones.

El encuentro siempre intenso, emite signos que en un sujeto alerta y abierto, permite ser afectado. Es allí, en ese entrecruzamiento de sensaciones que la expresión compone nuevas complejidades que den cuenta de una diferencia, de otro punto de vista siempre intenso, y que produce nueva subjetividad.

El otro del encuentro no es opuesto ni significante, es ante todo un afecto, un signo. En este plano no hay oposición, sino implicancia. Este pliegue que las fuerzas externas hacen en las superficies de subjetivación, fuerzas de mundo y de un Afuera que nos habita y habitamos ambos, es el spatium virtual del encuentro. Allí la alteridad no es de dos, no hay unidad, sino intensidades, quantum de potencia, máquina deseante.

El encuentro en y con el Afuera no borra las diferencias de potencia, pero si disuelve las distancias subjetivas, aquellas que nos hace hombres, para devenir en ese instante la expresión de una velocidad, en donde toda identidad es innecesaria.

El acontecimiento del Afuera, el acontecimiento del otro como puro afecto, permite emerger a la superficie sensible y formal, con una cierta tonalidad del alma.

Tonalidad que en nada se asemeja a la angustia o la tristeza, sino por el contrario, al jubilo de ser una vida.

Se está vivo en y con el otro, si ambos acceden a la aventura del encuentro. A la aventura de componer cuerpos intensos poblados de afectos alegres, de movilidad, como dice Spinoza.

Un viaje que no puede definirse con categorías de lo lindo o lo feo, un viaje que no necesita de la droga como búsqueda desesperada del otro perdido. Solo necesita de dos que no se resistan a devenir otro.

 

Adriana Zambrini

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