El lugar del juego y la transferencia en el análisis de niños

 

«El niño nos invita con su demanda a ocupar un lugar en su ventana abierta y seremos espectadores de una escena. La condición será participar de esa escena cuando se nos conceda una intervención.

Lo que el Psicoanálisis nos enseña es que no hay un texto único y aunque seguramente no se darán todas las versiones de la obra que se pone en cartel, tendremos la oportunidad, si la impaciencia de la curación no nos apremia, de presenciar y escuchar textos diferentes.

“La obra del escritor termina en el mismo momento en que termina de escribir la última palabra…”.

(L. Pirandello; “Esta noche de Improviso”; Acto I)». (A. Hartmann y M. L. Silveyra: Introducción al libro Niños en Psicoanálisis Ed. Manatial Bs.As. 1989.)

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Freud en su obra postula que el niño juega para elaborar situaciones traumáticas. Repite activamente lo que sufrió pasivamente. Establece que el juego está relacionado con el placer: se juega por placer, y posee un significado inconsciente. En «El creador literario y el fantaseo» (1907) homologa la actividad del niño con la del poeta: se crean su propio mundo, lo toman muy enserio, emplean en él grandes montos de afecto, lo diferencian de la realidad, y tienden a apuntalar situaciones u objetos imaginados en el mundo real. D. Winnicott por su parte considera al juego como una zona intermedia de experiencia; posee un lugar y un tiempo: no se encuentra ni adentro ni afuera. En el juego se despliega la creatividad, favoreciendo el crecimiento.

A. Aberastury toma al juego como una actividad llena de sentido, como el vehículo de comunicación por excelencia que posee el niño. Su función principal es catártica y de asimilación lenta mediante la repetición de hechos cotidianos y cambios de roles, haciendo activo lo que el niño sufrió pasivamente. A través del juego se pueden elaborar situaciones excesivas (traumáticas) para el YO. El juego permite el despliegue de un espacio ficcional, de otra escena. El analista es quien debe ABRIR juego, generar el campo de juego, habilitarlo, para así crear un marco espacio-temporal donde pueda participar el inconsciente, emerger un acontecimiento novedoso, que no se produce sin la presencia y participación del analista. En el encuentro con el niño, el mismo ofrece y se ofrece en un encuadre, una caja de juegos, su cuerpo, sosteniendo su deseo con su presencia. El juego es ese “espacio transicional”, donde lo subjetivo y objetivo se funden para construir un texto nuevo; donde lo indeterminado cobra importancia y puede transformarse en la ruta posible para poder equivocar aquellos decires de los Otros Primordiales, que pregnan el ser del niño. Se entiende al juego como un espacio bisagra entre el interior y exterior del sujeto, es una instancia de extimidad, donde el niño puede montar una letra propia y empezar a escribir su historia. A través del Juego adviene un Sujeto del Inconsciente, el niño juega sus propias significaciones, interpretaciones que apuntan a dar sentido a aquello que de lo real se presenta como trauma. A través de sus juegos, es tomado en sus palabras como sujeto, lo que es diferente de estar en posición de soporte de objeto hablado por el Otro o bien identificarse al objeto. Por ello es mediante lo que el niño expresa a través del juego, que se comunica con el Otro. El analista debe brindar la posibilidad de que el niño descubra aquello de lo que se trata. Ya que es él quien sabe, produciéndose a sí mismo como sujeto.

Desde J. Lacan el juego es el equivalente a un texto, es un discurso. La lectura que se hace es una interpretación, de igual manera como se realiza en un análisis con adultos, mediante la necesaria intervención y presencia del analista. El juego es un texto en el cual los significantes toman lugar de juguetes y en donde la significación que deviene nos lleva al inconsciente develando el fantasma, goce, deseo, síntoma, de un sujeto. El universo analista-paciente niño se encuentra atravesado por los padres, quienes inciden, participan y deciden, como adultos responsables de ese niño. En este sentido la familia adquiere un lugar de suma importancia, ya que al analizar al niño, habrá que reflexionar sobre el lugar que ocupa en la familia, cómo fueron solventadas las funciones parentales, qué sucesos traumáticos se transitaron (o no) y cómo se resolvieron. En este punto F. Doltó considera que los hechos no son significativos en sí mismos para un sujeto, sino que adquieren importancia según cómo se siente modificado por ellos y los transita. Los acontecimientos vividos dentro de la familia son traumáticos si a causa de ellos no se pueden establecer las castraciones simboligenas. Éstas son prohibiciones con efectos potencializantes. Permiten ingresar al niño en la ley social y sacarlo de la regresión. Se simbolizan a través del lenguaje, mediante una palabra castradora. La dan los padres porque se suponen sujetos sucedidos de esas castraciones. Le permiten al niño crecer, humanizarse y vivir en normalidad. Modifican el deseo, la relación que el sujeto tiene consigo mismo, su actuar con los objetos, los símbolos y la imagen inconsciente del cuerpo, que nos une y articula con el mundo simbólico, nos hace sujetos deseantes y sujetos del lenguaje. Es el deseo articulado con el propio cuerpo. Se estructura desde un estadio fetal y evoluciona mediante la educación y humanización (castraciones simbolígenas). Esta autora establece que el analista es quien debe otorgar las castraciones simbolígenas que no han producido su efecto a lo largo del desarrollo, ya que se supone que él ha pasado por ellas.

Es interesante mencionar los aportes de E. Porge en su artículo “La transferencia a la cantonade” en relación al quehacer del analista. Porge escribe: “La novela familiar es una manera de restablecer el pedestal de donde los padres han caído. EI analista es llevado a cubrir la misma función, a restablecer una transferencia puesta a prueba y es lo que hace en el mejor de los casos”. El síntoma del niño se transforma en un saber supuesto que el niño ocultaría y que, en algunas ocasiones, desencadena en los padres un pedido hacia el analista respecto de algo que él debería descubrir. Doble lugar para el analista, para quien la transferencia se jugará tanto con los padres como con el niño. La presencia del niño en un análisis plantearía cierta diferencia respecto de la del adulto. Según Eric Porge la transferencia en el niño es “a la cantonade”. Esta expresión fue utilizada por Lacan en el Seminario 11 para designar el singular modo de dirigirse del niño. Lacan dice que el niño tiene un modo de hablar particular. Utiliza ese término (“a la cantonade”) extraído del lenguaje teatral para dar cuenta de la forma en que el niño se dirige a un personaje que no está en escena, pero que sin embargo necesita de otros que estén allí junto a él compartiéndola. El niño por estructura y para avanzar en su estructuración, necesita de los adultos y muchas veces éstos trastabillan en sus funciones, por ese motivo en el análisis, el niño le hablará a sus padres a través de su analista y éste será el nuevo receptor de lo que los padres recibieron con anterioridad pero no decodificaron. Lacan plantea que el niño no le habla a nadie en particular, habla en alta voz dirigiéndose a “un buen entendedor”. Si los padres abandonan este lugar se interrumpe la transferencia y el mensaje deja de ser escuchado al ser percibido como si fuera dirigido contra ellos. El analista, utiliza la técnica del juego como puente para acercarse a sus pacientes, conocerlos y comprender la problemática o sintomatología que los aquejan y son fuente de sufrimiento. Respeta los tiempos internos de cada niño, adoptando roles y reglas que en cada partida se despliegan, teniendo en cuenta que cada paciente es un sujeto único e irrepetible, inmerso en un espacio y un tiempo sociocultural y familiar del cual forma parte desde su nacimiento. El niño le demanda a un analista que sea simplemente “un buen entendedor”.

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Viñeta Clínica

Lara fue derivada por su neuróloga. El “diagnóstico presuntivo” del que se hablaba en aquel momento era trastorno generalizado del desarrollo. Tiene seis años y es la anteúltima de nueve hermanos. Su madre, durante el embarazo, descubrió que su marido le era infiel, motivo por el cual intentó suicidarse. Recuerda aquella época como una etapa depresiva de su vida. Se aferró mucho a su hija durante los primeros tiempos a nivel emocional, “vivía por ella”. Sin embargo, Lara durante los primeros años de su vida fue “dejada de lado”. En aquel momento, su madre trabajaba para mantener a la familia. Cuando Lara tenía dos años, nació su hermana más pequeña, quien presentó un cuadro orgánico que la llevó a ser intervenida quirúrgicamente en varias oportunidades, lo que intensificó el desamparo de Lara. La madre argumenta que Ana, su niña más pequeña, “pagó los problemas con el cuerpo” y Lara “con la mente”. La paciente durante los primeros tiempos del tratamiento no dirigía la mirada cuando se le hablaba, se nombraba en tercera persona, imitaba continuamente a los dibujos animados, “tomando letra” de ellos para entablar conversaciones. Se limitaba a dibujar y sus respuestas no eran congruentes con las preguntas que se le formulaban. Pasó un tiempo hasta que Lara pudo comenzar a inspeccionar la caja de juegos y seleccionar algunos de ellos. Su juego era monótono y estereotipado: servía el te, enfilaba animales y continuaba graficando. Con el correr del tratamiento, comenzó a dirigir la mirada a la analista, la acompañaba a buscar la caja de juegos, reconociéndola, tomaba los juguetes y desplegaba una escena lúdica. Comenzaron a aparecer “llamados telefónicos”, en ocasiones era Lara quien llamaba, y en otras el llamado provenía de la analista. Por aquel entonces, reiteradamente la paciente tocaba un botón que posee el consultorio, y hacía “sonar el timbre”. “¿Quién es?” preguntaba la analista, mientras la niña balbuceaba en voz muy baja. En el juego era imposible al principio introducir un tercer personaje, todo era “de a dos”. ¿A quién llama? ¿En qué consiste ese llamado? ¿Qué respuestas se “ponen en juego”? Eran preguntas que se realizaba la analista, Interpretando que todos la llaman, todos demandan de ella, y quizá una posible intervención era no llamarla o no responder a ese llamado como lo hacía su entorno familiar. (La familia espera ansiosa avances en la niña debido a los tratamientos /fonoudiológico y psicológico, taller de pintura/ que la misma está realizado). Aquí puede observarse que Lara busca un “buen entendedor” de sus acciones, alguien que responda de manera diferente a como el resto lo hace, y que pueda habilitar espacios en los cuales a ella le sea posible desplegar su problemática. Lara ha realizado numerosos avances a partir del tratamiento. Es capaz de decir NO, dirige la mirada, despliega juego simbólico, puede responder a preguntas sencillas, y ha comenzado a escolarizarse, realizando progresos significativos en cuanto a la escritura (traza su nombre, copia, comprende cuentos). Tolera la delimitación de un encuadre y acude al tratamiento alegre y predispuesta. Posteriores entrevistas con la madre le permitieron a la analista tomar conocimiento sobre particularidades de su historia, hitos que se repiten con Lara. Las intervenciones actualmente apuntan a que Lara posea un espacio para jugar, progresar en su crecimiento, y pueda ubicarse como un sujeto deseante, con sus propias singularidades. A su vez, el trabajo con la madre es de suma importancia, para ir reflexionando sobre los avances del tratamiento individual con la paciente y repensar la ubicación de la niña respecto a la novela familiar. Puede observarse que ABRIR, habilitar un espacio de juego con Lara, posibilitar el despliegue de la transferencia, generó la apertura de una constitución subjetiva distinta, el surgimiento de un sujeto, un niño en tanto niño. Se instauró un espacio transicional, espacio del que Lara carecía, siendo durante los primeros años un sostén materno que a su modo, funcionó como baluarte de su madre pero que retrasó un desarrollo emocional saludable para la niña.

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Lic. María Itatí Tellería
Psicóloga y Psicopedagoga

 

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