Estéticas y políticas de la escena

Enviado por Equipo de Coordinación Centro de Psicodrama Grupal Rosario: María Laura Colao, Silvia Ghione, Paola Gracioli, Oscar Bureau, Daniel Vega

En nuestro trabajo con grupos, tanto en las intervenciones como analistas institucionales, en instituciones de salud y educación, en colectivos sociales, en espacios de formación y de análisis sobre la tarea, lo que nos implica, nos afecta y nos provoca pensar es un fuerte interrogante que sobrevuela y subsiste como clima, como paisaje, pero que cautelosamente se va abriendo paso entre las preguntas técnicas con las que se inicia el encuentro, hasta quedar expuesto, latiendo desnudo ante todos. Es el interrogante sobre la vida, y más precisamente sobre que vida estamos viviendo. Despojados de discursos escencialistas y finalistas, y por lo tanto desamparados de toda determinación y destino a realizarse en el cielo o en la tierra, esta pregunta nos lanza a vernos como constructores de nuestra existencia. Interrogarnos sobre la vida, desde esta posición de constructores de nuestra existencia, nos impone abandonar el camino que nos lleva a la reducción en su dimensión técnica del complejo proceso de producción de subjetividad inmanente en cada práctica, cuyas consecuencias son la fragmentación, un empobrecimiento subjetivo, y la producción de saberes “disecados”, separando la vida del mundo y al Ser del hombre. Retomando algunas ideas esbozadas en otros trabajos, podemos plantear que en todo proceso de producción, siempre colectivo, múltiple y heteróclito diferenciamos por lo menos cuatro dimensiones: la dimensión teórico/técnica, la dimensión política, la dimensión ética y la dimensión estética. La dimensión teórica-técnica, es el bagaje de conocimientos que nos posibilita seleccionar los métodos, diagramar los encuadres y elegir las técnicas. Bagaje que de acuerdo al grado de apertura que él mismo se permita, y a la sensibilidad y flexibilidad para incorporar modificaciones a partir de la experiencia, tendrá la movilidad y la vivacidad inherentes a la producción de inteligencia, a la aventura del descubrimiento, al desafío de la invención, o por el contrario se rigidizará en muecas y contraseñas tribales, movimientos rituales y discursos dogmáticos que lo transformarán en un pesado aparato teórico con el que hay que cargar, en vez de una máquina teórica que nos permita trabajar la realidad. Creemos también que toda acción, todo discurso, todo gesto forma parte de una estrategia en relación a objetivos y fines, sabidos o no por el sujeto, con relación a otros sujetos u objetos, que a su vez tienen los suyas, que se oponen, se complementan, se articulan, construyendo una trama y generando una dinámica que lo excede y lo desborda continuamente, al mismo tiempo que no deja de afectarlo. Esto es así tanto para el sujeto singular, como para los sujetos colectivos. Es el plano de la organización, del conflicto entre sujetos, estamos en la macropolítica. Pero también hay un plano intensivo, de líneas, de fuerzas, de umbrales intensivos, que fluyen, componen cuerpos acá, descomponen otros allá, atraviesan, fugan, son “preindividuales”, moleculares. Seguir estas líneas, cartografiarlas es un trabajo micropolítico Una dimensión escamoteada y negada es la Ética. Muchas veces se plantean cuestiones morales, que entran a tallar en relación a La Moral, siempre trascendente. La ética tal la entendemos es más bien una cuestión física, de relación de cuerpos e intensidades, de evaluaciones inmanentes, situacionales. Marca los umbrales de mutación de un ser. La dimensión ética y la dimensión política así entendida están estrechamente ligadas a una estética, entendida no solo como los patrones de organización perceptual de las formas, del espacio y del tiempo, sino también como las afectaciones de un cuerpo sensible, vibrátil, provocando diferentes intensidades, produciendo componentes semióticos no lingüísticos.

Expropiación de la dimensión estética

En las sociedades actuales esta dimensión esta en gran medida confinada al mundo del arte y de los artistas, como un campo especializado y diferenciado de la vida comunitaria, es decir de “lo común” en el estar con otros. Esta dimensión estética como capacidad humana, que progresivamente se ha ido desactivando en el mundo contemporáneo, redunda en una política del deseo que deja afuera “la participación de la subjetividad en el proceso de creación y transformación de la existencia”. Siguiendo este planteo lo que esta dimensión estética nos permite captar en nuestra aprehensión del mundo son las “sensaciones”, las cuales se configuran más allá de la percepción –que sólo alcanza lo visible- y del sentimiento –que sólo habla de nuestro yo. Cuando se produce una sensación nos incomoda porque no se amolda al mapa de sentido del que disponemos, y de esta manera nos fuerza a la invención de nuevos modos de expresión y “desciframiento” de estos signos inéditos. Esta política del deseo nos propone un modo de existencia donde lo que está en riesgo, marchitándose, es nuestra potencia de variación, es decir, nuestra capacidad de intervenir en la invención de nuevas coordenadas para la vida junto a otros. Pensar entonces como desafío, que las experiencias grupales de Psicodrama pueden operar como líneas de reapropiación colectiva de esta dimensión estética de la subjetividad, brindando condiciones de producción para que otras formas de vinculación con el mundo y con otros sean posibles. El psicodrama como un oficio de artesanos donde la materia prima sean unos cuerpos porosos insuflados de deseo, donde la “vulnerabilidad” hacia el otro nos pueda inocular de alegres estridencias en una apuesta para que sea la vida como potencia de diferenciación -y no solo como formas instituidas de organización– lo que prevalezca en los encuentros. Esto implica entender al otro como un campo de fuerzas capaces de aumentar nuestras posibilidades de acción, un encuentro con lo irreductiblemente otro desconocido en los otros y en nosotros mismos. En este paisaje, no hay siluetas definidas a priori, no hay contornos ni imágenes acabadas, el otro es presencia viva, y el encuentro, la oportunidad de cambiar las reglas del juego social. Podríamos pensarlo como un cambio de “paradigmas”, pasar de un “paradigma técnico-científico” que en realidad es tecnocrático-positivista a un “paradigma ético-estético”, es decir a una implicación micropolítica y una actitud creativa situación a situación. Zarandeando la ya bastante reeditada proclama de las vanguardias estéticas del Siglo XX, diríamos que más que acercar el arte a la vida, podríamos intentar activar lo que de “artistas” anida en nuestra existencia colectiva. La capacidad de imaginar, de afectarnos, de inventar, de experimentar nuevos recorridos es desde nuestra perspectiva una potencia de “lo común” y no un patrimonio exclusivo de una esfera social consagrada. En esta raquítica era de los especialistas, es frecuente el “yo no sirvo para esto”, no soy pintor, actor, músico, no soy el Che ni el Subcomandante ni tantas identidades hechas monolito para encorsetar la existencia, dejándonos la mayoría de las veces con el gusto amargo de la impotencia y/o con la mirada fascinada del vouyear. Si pensamos la práctica del Psicodrama como campo de experimentación -como uno de los posibles dispositivos de reapropiación de la dimensión estética en los procesos de subjetivación- donde cuerpos, decires, intensidades, escenas, argumentos, vibraciones se ponen a danzar juntos, los acontecimientos estéticos que allí se produzcan serán entonces irreductibles a “la profundidad” de los sentidos. Una apuesta podría ser ¿Cómo vamos componiendo un juego colectivo que “nos arranque del reino de la metáfora y la representación y nos sumerja en la seducción de las metamorfosis”? ¿Cómo ir desollando nuestras pulcras y mimadas identidades para dar paso al encuentro de nuestras fuerzas vitales?

Avatares grupales y transmigraciones en la escena

Resulta habitual, desde diferentes líneas de pensamiento, entender la participación de un individuo en una experiencia grupal/colectiva como un tránsito en el que el sujeto está compelido a renunciar a ciertas características individuales, distintivas de un Yo estructurado tomado como punto de partida. Desde estas perspectivas la singularidad de una persona se ve en cierta medida diluida, amenazada al momento de su “inclusión” en la vida grupal. Otro camino para pensar esta aparente encrucijada de lo colectivo es partir de los procesos de subjetivación que vamos atravesando a lo largo de la vida, los cuales involucran siempre composiciones heterogéneas y polifónicas. En estos procesos van coexistiendo líneas pre-individuales –propias de las experiencias más tempranas del niño, ese universo de percepciones precoces de intensidades, aceleraciones, lentificaciones, temperaturas– con otras líneas más estructuradas ligadas a las axiomáticas de la lengua y la diferenciación corporal. Convergen así en el seno de la subjetividad dimensiones semiológicas a-significantes y pre-verbales –anteriores a las posiciones de sujeto-objeto, masculino-femenino- con aspectos individuados producto de las experiencias posteriores del sujeto. En esta vertiente, entonces, no tendremos como punto de partida a un sujeto ya estructurado, sino más bien una composición de líneas donde lo pre-individual y lo individuado cohabitan el paisaje humano. Y es desde esta existencia hojaldrada que participamos de experiencias colectivas. Podemos ir más lejos y decir -siguiendo la tesis del filósofo francés Simondon- que es justamente en la vivencia del estar con otros donde se abren instancias privilegiadas para nuevos procesos de singularización, donde esos elementos no individuados pueden componer figuras inéditas. En palabras del filósofo “lo colectivo no perjudica, no atenúa la individuación, sino que la persigue, aumentando desmesuradamente su potencia”. Es en el actuar conjunto, en la multiplicidad de voces, donde la singularidad, nuestra potencia vital, se nutre y afirma permanentemente. Este recorrido nos lleva nuevamente a los modos en que se configuran los encuentros, al umbral de exposición a la alteridad que nos permitimos a la hora de componer/crear con otros. Y las posibilidades nos van tensando, por un lado, hacia aquellas escenas -tan conocidas- donde nuestras atrincheradas personalidades se dan cita, argumentando consistencia subjetiva desde un modelo identitario, el “yo-yo”, y guiados muchas veces por el miedo a perdernos en el otro, a perder el “mí mismo”, esa querida propiedad privada. Pero también están aquellas otras escenas que podemos habitar a partir de los contagios, las mezclas cómplices, la maquinación poética; en éstas nos volvemos un poco irreverentes con las buenas costumbres, nos auto-convocamos a hacer cuerpo con otros, a perdernos juntos, a componer un nosotros que va latiendo en ese entre. Porque el grupo crea un espacio “entre”, que construye cuerpo al desplegar potencia, afirmando lo múltiple, y al mismo tiempo la posibilidad del “nosotros”. El nosotros manifiesta que hacemos “con” otros, que están presentes como existencia viva. Entonces, ya no se hace desde el yo, identidad en la que tendemos a afirmarnos, sino que se vibra con los otros en el encuentro mismo. La primacía de lo sensible y la afectación consecuente del encuentro, posibilita que lo inmanente se haga cuerpo.

Psicodrama, dramatización, presentificación de las fuerzas

En el abordaje dramático conviven dos modos de lectura posibles sobre la escena. Uno más ligado a la escena en tanto representación, delimitando argumento, personajes, roles, lugares, tiempo, paisajes, etc.; y otra más conectado con el devenir de las fuerzas en juego en esa experiencia, la escena como producción inmanente, en tanto acontecimiento. De allí que el cuerpo en escena vibra, transpira, se agita, se emociona, fluye, palpita, deviene. A la par, a través de los doblajes, soliloquios, entres, etc., se van desplegando nuevas formas. La potencia colectiva posibilita que el cuerpo maquine con otros cuerpos en una producción vital, proveyendo otra estética, signada por la multiplicidad.

“Qué vida estamos viviendo…”

Implicados en nuestras experiencias como colectivo de coordinación del Centro de Psicodrama Grupal Rosario, intentamos sostener la interrogación sobre nuestro hacer, en los espacios en los que estamos operando, de modo individual, co-coordinando, siendo parte de un equipo o inmersos en las situaciones más abiertas de cualquier institucionalidad de lo grupal… Se trataría de pensar si, “con las mejores intenciones” pero sin percibirlo, estamos enunciando y/o generando acciones, que renuevan el contrato con los modelos como ideales trascendentes. Al estar como docentes en un espacio de formación, ¿cómo transmitir un modo de hacer sin que sea tomado como “el patrón psicodramático” a seguir, obturando la singularidad de cada quien en la apropiación de la herramienta? ¿Cómo encontramos formas que permitan la producción contemplando las múltiples diferencias que nos habitan a los miembros del equipo? Estos interrogantes nos impulsan, nos aguijonean, y vamos siendo, ensayando, probando modos de ser. La modalidad de organización cooperativa ha sido el ensayo que permitió componer la heterogeneidad de: años de práctica y proceso vital, recorridos teóricos, experiencias de intervención, ámbitos concretos de desarrollo profesional del equipo docente. Intentamos trasladar estos modos de estar al proceso de enseñanza /aprendizaje y al trabajo en común con otras organizaciones, colectivos, grupos experimentales, amigos. Los procesos grupales nos interpelan permanentemente. De igual manera los diferentes acontecimientos socio-históricos con los cuales tenemos que entendernos en la realidad latinoamericana en la que habitamos. Nos vimos forzados en diferentes momentos a pensar y reformular el dispositivo de transmisión que permitiera sostener el proyecto, atravesando las vicisitudes producidas por las severas crisis sociales, económicas y subjetivas que ha enfrentado nuestro país. Lo social-histórico impregnado, hecho carne en escenas de violencia institucional, exclusión, éxodos, desamparo y nuestro desafío constante de intentar dar cabida a estas conmovedoras experiencias. Muchas veces a tientas, balbuceando, con el anhelo de que estos malestares pudieran circular y a la vez ser transformados en materia prima del proceso de formación. Habilitando potencialidades y nuevas formas para pensar e intervenir en la complejidad de los escenarios cotidianos por los que transitábamos. Hoy al revisar estos años de trabajo creemos que el incluir estos movimientos que nos sacudían, deformándonos, mutándonos… como texto a trabajar con los grupos, promovió la construcción de una nueva trama grupal institucional. Un “entre todos” que hoy vibra de relaciones de encuentro y amistad, búsquedas y construcción colectiva de conocimientos; que produjo y produce en su obrar, grupalidades, espacios de creatividad y espontaneidad en una apuesta estética, intentos de abordaje de situaciones complejas y conflictivas, permitiéndonos, cada vez, ratificar la confianza en la potencia de lo colectivo. En estos momentos difíciles para nuestro país, donde bajo la consigna catalizadora de malestares, hoy llamada, crisis financiera mundial, se dejan en la sombra procesos de deterioro cada vez más profundos y deshumanizantes, necesitamos seguir inventando lugares en los que tracemos y compongamos lazos para pensar y hacer con otros, nuevas configuraciones que apuesten a la promoción de la VIDA.

 

Referencias Bibliográficas

“Multitud y principio de individuación” Virno, Paolo en Cuando el verbo se hace carne, ed. Cactus y Tinta Limón, año 2004.
“La estética molecular de la escena o los límites del Psicodrama”, Pavlovsky Carolina, Lo grupal 8, ed. Búsqueda.
“¿El arte cura?”, Rolnik, Suely, Conferencia en Ciclo de Debates en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. “Capturas, transformaciones e incertidumbres”, Vega, Daniel y otros en Travesías Institucionales, ed. Lugar, año 2000.
“Geopolítica del Rufián”, Rolnik, Suely en Micropolítica. Cartografías del Deseo, ed. Tinta Limón, año 2005.
“En medio de Spinoza”, Deleuze, Gilles, ed Cactus, año 2005.
“La multiplicación dramática”, Pavlovsky, Eduardo y Kesselman, Hernán, ed Búsqueda, año 1980.

(Publicado en Cuadernos de Campo Nº 6 – Noviembre de 2008 – “Ética y estética de la Escena” – Publicación de Campo Grupal)

(La negrita es nuestra).-

 

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