Derivas del deseo



Del libro “Cuerpo y subjetividades contemporaneas”. 
Luis Gonçalvez Boggio
 

“Que não seja imortal posto que é chama,
Mas que seja infinito enquanto dure”
Vinícius de Moraes 

Durante siglos la metáfora amorosa nos enseñó a buscar la felicidad en la compañía del otro y a creer que ese ideal era inmortal. Pero el ideal de amor inmortal heredado del romanticismo en su dimensión más trascendental e inmutable, se muestra contradictorio en el contexto del desarrollo de nuevas sexualidades contemporáneas. El amor romántico tiene varios peligros que amerita debemos conocer. Uno de ellos: la posibilidad eventual de mantenernos en un estado de vida afectivo infantilizado que impide la renovación de las relaciones, a partir del momento en que “amar románticamente” significa una promesa de eternización de aquello que se vive en una pareja, y significa además, la abstinencia de afectaciones futuras con otros cuerpos.  

Dicho de otra manera, el contrato de amor romántico se restringe, de no renovarse al atravesamiento y al encuentro con otros flujos, a un contrato  cristalizador que bloquea y estanca las potencias intensivas y las fuerzas vitales. Así la tentativa de fijar (de ligar) la experiencia amorosa en dispositivos sedentarios puede ser pensada como inmanentemente desvitalizante. Algunos efectos son claramente visibles:
-los celos posesivos devienen derecho de propiedad del partenaire;
-los contratos moralistas y represivos reproducen la sociedad autoritaria, deviniendo el casamiento una institución social con funciones  económicas (acumulación de bienes y reconocimiento de la paternidad cierta) y políticas (reproducción de la familia patriarcal como núcleo ideológico del capitalismo, reducción de las posibilidades de intercambios sexuales libres, etc.). 

Reich, en 1930, hizo una crítica radical de la familia patriarcal. Pasados más de 70 años todavía perpetuamos en nuestras familias funcionamientos patriarcales pautados por relaciones de poder.
Todavía buscamos relaciones monogámicas con la expectativa de que sean eternas. Todavía negamos las variaciones del deseo y pedimos o exigimos exclusividad. Todavía tendemos a ignorar el agotamiento del afecto y del deseo en las relaciones que se desvitalizan, rechazando la posibilidad de huir o salir de allí naturalmente. Todavía nos frustramos cuando una relación se agota, y exigimos que responda y pueda perpetuarse en relación a las expectativas idealizadas, producidas socialmente. Todavía nos sometemos a privaciones desestimulantes en nombre del amor, privaciones que son las que exactamente menguan la potencia del amor y lo superponen al control.  

Ainda somos os mesmos … e vivemos como nossos pais?                                       

¿Cómo descubrir nuevas formas de amar, como construir nuevos territorios y crear estrategias que puedan romper con la imposición y con la repetición de los modos instituidos de vivir nuestra sexualidad?

La construcción del miedo a perder aquello que tanto se buscó puede neutralizar la posibilidad de experimentación. 

La disponibilidad de experimentar momentos intensivos es lo que abre caminos vitales. La alegría y la pasión, por ejemplo, nacen necesariamente de la experimentación. Estos caminos, estos momentos intensivos, no siempre pueden ni necesitan ser nominados. Por ejemplo, por la célebre pregunta sobrecodificadora “¿qué somos?”, que siempre viene precedida de la invitación poco sensual de “tenemos que hablar”. 

La búsqueda neurótica de algo anteriormente determinado  (“aquel lugar” al que se debe llegar) es un camino en donde nada vital acontece. La fuga permanente como desvío de la entrega es la otra opción dilemática en donde nada puede acontecer.
Cada cuerpo puede renacer de cada unión de un modo diferente. ¿Cómo crear redes de soporte para que los acontecimientos se intensifiquen, para que la experimentación y la búsqueda de intensidad lleven al máximo la potencia de afectar y ser afectado por otros cuerpos?
Una forma naif de responder la pregunta precedente podría ser: experimentar sin pretensiones, dejarse sorprender, estar distraído.

¿Podríamos intentar definir al amor en las sexualidades contemporáneas? Si tuviéramos que definir amor en dos palabras elegiríamos quizás fuerza móvil. Fuerza móvil que circula, y de esta forma, se intensifica. En este sentido intensivo, la vida –a diferencia de la sobrevivencia- sólo existe cuando el amor la navega. 

¿Cómo percibirlo entonces si es puro movimiento, velocidad infinita, energía en permanente mutación? ¿Cómo dejar serlo e impedir que una imagen sedentaria y cansada del amor nos domine en relaciones de dependencia y sumisión? ¿Podemos pretender reducir al amor, cuya belleza radica en la transformación, a una promesa de eternización de sentimientos y sensaciones? ¿Qué mecanismos de control son los que nos llevan a hacer de los afectos un contrato? ¿Podemos con un contrato controlar las intensidades que nos habitan?

Sólo si nos retiramos de la vida con el objetivo de mantener fijo aquello que es tránsito. Sólo apartándonos de la potencia de los encuentros. Sólo neutralizando los estímulos e impidiéndonos degustar los intercambios que pueden ocurrir en los acontecimientos del presente. Sólo idealizando al amor y sufriendo permanentemente con su posibilidad de pérdida o sintiéndonos culpados y culpables por su falta o carencia.
Algunos confunden al amor con esas pasiones melosas de sufrimiento y sofocamiento, relaciones de dependencia, mutua castración posesiva y sumisión: pasiones tristes. Llaman amor a ese querer ser esclavo, y piensan que el amor es algo que puede ser entendido, explicado, juzgado. Piensan que el amor ya estaba pronto, formateado, completo antes de ser experimentado. Pero pensamos justamente en lo opuesto: la virtud del amor es su capacidad potencial de ser construido, inventado y transformado a cada instante. 

ENTRE AMORES, DOLORES Y SINGULARIDADES: LA FUERZA VITAL DE LOS ENCUENTROS

Las intensidades están ahí, no piden pasaje, ni permiso para afectarse y ser afectados: “não sou eu quem me navega, quem me navega é o mar”, “deixe a vida te levar”, dicen las canciones.
Sólo la entrega a la vida, a la vitalidad de nuestros cuerpos puede permitir el crecimiento en oposición al estancamiento, al bloqueo y a la repetición. Aunque muchas veces somos nosotros mismos los carceleros que construimos nuestras propias cárceles. Nos confinamos internamente en lugares ya conocidos porque los cambios asustan, y nos pueden desterritorializar de la estabilidad y de la “armonía” familiar (las fuerzas de conservación).  Y el mantenimiento de lo conocido muchas veces se vuelve en una  tentativa fracasada: controlar lo imprevisible y lo inevitable… el movimiento, la transformación.

En este sentido el amor es lo desconocido. Mismo después de una vida entera de amores, el amor siempre será lo desconocido. Podría simplemente no llamarse: para no significar nada, y para dar sentido a todo.
Tal vez el desafío pase por construir territorios sin cristalizarlos, sin forzarlos a hacerse definitivos e inmutables.

Sabiendo que la vida acontece a cada instante y que podemos rehacer los espacios construidos de otros modos, siempre. Sabiendo que podemos construir otros territorios existenciales cuando algunos de ellos ya no funcionen mas. Y que, al mismo tiempo que podemos ser bañados con la alegría y con el dolor, podemos sustentar la diversidad, las diferencias y la finitud de los vínculos y de las relaciones. Finitud que puede dar abertura para lo nuevo y nos posibilita crear formas diferentes de estar con nosotros mismos, con los otros y con la vida… Nos posibilita crear nuevas formas de amar intensificando la deriva del deseo…

Porque el amor quizás sea esa capacidad metafórica, ese espacio curvo, en que, en las relaciones más inesperadas, en los encuentros más paradojales, la intensidad, en cada momento, se hace posible.

 

Debora Valadares & Luis Gonçalvez

 

 

 

 

2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Mary Bordagaray
    May 14, 2014 @ 22:11:28

    Me encantó. Comparto que “el amor es lo desconocido”.
    Las relaciones se agotan, es cierto, pero hay que vivirlas y disfrutar todas las etapas. La vida es cambio, nosotros vamos mudando y por lo tanto nuestros vínculos. A veces nos divorciamos de nosotros mismos de muchas formas, como no vamos a sentir lo finito de un encuentro, de determinado afecto con otro ser. Pero a pesar de todo de los cambios hay que sentir, dejarse llevar y VIVIR.

  2. ricardo piazza
    Feb 25, 2011 @ 01:22:34

    me encanto, describe lo que trato de vivir ,
    estuve 23 años casado .
    y muchos muy feliz

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